Adjunto te hago llegar un articulo publicado en el diario la Jornada del día de hoy, para que lo dispongas en el sitio y tengan acceso a él tus compañeros.
La idea es que lo lean como complemento a la tarea que deben de entregarme el próximo miércoles.
La vida
líquida y la modernidad descarnada
Javier
Aranda Luna
Tal parece
que el estandarte del progreso es una bolsa de plástico. Una de esas bolsas que
encontramos rodando ingrávidas por las calles, meciéndose en las olas,
atrapadas en un árbol o formando con otras miles, decenas de diminutos diques
que impiden el fluir constante de los sistemas de drenaje.
Bolsas que
forman islotes en los remansos de los ríos y dejan en sus orillas largos
jirones que parecen aferrarse en cualquier protuberancia para no sucumbir al
correr de las aguas. Bolsas que pintan como manchas blancas los campos verdes,
que se levantan en los remolinos quién sabe hasta dónde ni por cuánto tiempo y
que en su rodar por el mundo dejan un rumor de hojarasca a un lado de la pirámide
de Gizeh, en Wall Street, en Bombay, en los hielos perpetuos del Ártico, en los
humedales de la selva Lacandona o en las oscuras grutas de Cacahuamilpa.
Si antes
lucían pletóricas de mercancías, ahora, hinchadas por el viento encierran en su
abultado cuerpo aire, nada, acaso un poco de polvo. Son el símbolo del desecho,
el producto más abundante de la modernidad.
Es verdad
que el progreso se puede medir por el nivel de vida de las personas y que
podemos verlo en objetos, productos, mercancías., servicios. ¿Pero de veras
necesitamos que nuestro celular también sea una linterna, una báscula, un
espejo y una brújula? No niego que es cómodo consultar el correo en un teléfono
móvil o seguir una noticia, pero de qué sirve recibir la alerta sobre las
promociones de un banco en vacaciones, de una pizzería a mitad de la noche o
una invitación a un concierto de una música que ni nos gusta o una alerta que
invita cordialmente mediante una grabadora a votar por el cambio.
En esas
bolsas compramos lo necesario para vivir y las más de las veces para perpetuar
ese ciclo de vida líquida en la que todo es perecedero demasiado pronto porque
su ritmo es una sucesión incesante de nuevos comienzos, estrenos, tendencias,
modas, como escribe Zygmunt Bauman en varios de sus libros. Dice Bauman que la
vida líquida, por su constante movimiento, es devoradora porque asigna al mundo
y a todos sus fragmentos animados e inanimados, el papel de objetos de consumo.
Y el mundo
cosificado, vuelto cosa, debe actualizarse si se quiere mantener en forma:
yendo al gimnasio, poniendo al día los programas de nuestra computadora,
tomando cursos, seminarios, actualizando nuestro clóset, nuestro armario y a
nosotros mismos.
Pero todo
objeto de consumo tiene una vida útil, una fecha de caducidad, un tiempo en el
que la obsolescencia avanza y se deprecia el valor de nuestros autos, teléfonos
y computadoras.
Lo que no
percibimos con suficiente atención, nos dice Bauman, es que esa obsolescencia
es una caducidad programada. ¿A cuántos no nos han dicho que nos sale más
barato comprar una televisión o una impresora nuevas que reparar las que
tenemos porque no hay refacciones o están descontinuadas? Y si antes existían
refacciones más o menos universales para todos los autos ahora existen no sólo
para cada marca, sino para cada modelo.
Por eso los
desechos, según este filósofo de origen polaco, son el producto básico de la
sociedad moderna cuyo paradigma de mercancía parece ser alcanzar el mayor
impacto y la obsolescencia inmediata.
La
insatisfacción, la incertidumbre, el olvido y en ocasiones el miedo son algunos
de los hilos que tejen el piso de nuestra sociedad de consumo. La rapidez es su
constante, el fin precipitado, el fin que anticipa un nuevo principio, la moda
del día siguiente.
¿Se imagina
qué ocurre cuando la sinergia de esa vida líquida se instala en nuestras
emociones? ¿En los objetos de la cultura?
En la
opinión de Bauman es más fácil que la vida líquida se instale en nuestros
afectos que en los bienes culturales. El arte y la cultura, nos dice, constituyen
la mejor resistencia contra esa vida líquida por la incertidumbre que,
curiosamente, provocan a los mercados. Las buenas pinturas, los buenos libros,
la buena música pueden sobrevivir a varias generaciones; sobrevivir a modas
aunque eventualmente algunos de ellos se conviertan en moda.
¿Y qué decir
de la relación consumismo y moral? ¿Se imagina que interioricemos la ecuación
de que para hacer algo debemos ser alguien y para ser alguien socialmente,
tener la capacidad de adquirir? Los Don nadie, son para Bauman, los pobres, los
marginados, los daños colaterales del desarrollo de esta vida líquida.
La vida líquida y Daños
colaterales son los dos
nuevos libros de Zygmunt Bauman, en los que continúa su ya prolongado análisis
sobre nuestra modernidad descarnada que adquirimos cada día en una de esas
bolsas desechables que encontramos en cualquier lugar y que invariablemente se
nos va de las manos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario