“El
amor, las mujeres y la muerte” – Arthur Schopenhauer
Kassim
Vera – Sociología y Diseño – Profesor: José Luis Guerrero Contreras
En este libro, el filósofo alemán Arthur Schopenhauer
aborda temas que sus predecesores nunca habían tocado: el amor, las mujeres, la
muerte, el sufrimiento del mundo, el egoísmo, la resignación, etc.
Sobre el amor nos dice que es la voluntad individual transformada
en voluntad de la especie, es decir, que el hombre cree que al tener una pareja
y ser feliz está satisfaciendo un deseo individual cuando en realidad sólo
satisface a la especie mediante la creación de un ser nuevo mejor constituido.
La naturaleza engaña al hombre entonces con una idea de satisfacción individual
para así cumplir su fin: preservar la especie.
Schopenhauer nos habla en este apartado sobre las
parejas: uno como complemento del otro y siempre buscando inconscientemente la
creación de un ser mejor, de ahí que el hombre busque en la mujer lo que él
mismo carece y viceversa. Como ejemplo pone que la mujer, a falta de fuerza
física busca a un hombre masculino y fuerte; si la mujer es un poco masculina y
fuerte físicamente (esto debido a una atrofia en la especie, que veremos en el
apartado de “Las mujeres” de este libro) buscará a un hombre más débil y
femenino, siempre buscando un equilibrio en la especie. Con una interminable
lista de ejemplos, Schopenhauer trata de probarnos el punto primordial de este
apartado: el ser creyéndose individual obedece a un fin superior: la
preservación y conservación de la especie.
Cierra este capítulo con la idea de que por naturaleza el
hombre al tener satisfacción y cumplir con la vida preservando la especie se
harta de la mujer en turno y busca a otras; por lo contrario la mujer se
enamora más de ese hombre pues busca conservar la especie y que dicho hombre
cuide al nuevo ser engendrado. También porque la mujer no puede engendrar más
de un hijo por año y el hombre puede aumentar en número la especie.
En el apartado de la mujer hay que entender el contexto
en que cual vivía Schopenhauer, un tiempo en donde la mujer era un simple
complemento del hombre y vivía entre limitantes enormes de pensamiento y acción.
De aquí la misoginia del autor, que plantea que la mujer no está hecha para el
trabajo intelectual ni material y que la escasa razón de ésta la hace ser apta
para ver únicamente lo inmediato, lo presente de la vida y que por eso es más
común que las mujeres sientan lástima por los desgraciados.
Repito que hay que comprender el contexto en el cual
vivía Schopenhauer, pues una de sus ideas es que la poligamia debería ser algo
completamente normal porque en occidente hay miles de mujeres desamparadas gracias
a la sociedad monógama en la que se vive. Schopenhauer nos dice que las
diferencias (sociales, físicas) son más marcadas porque la mujer puede
distinguirse de otra mediante muy pocas cosas, pues todas están hechas para lo
mismo.
En el apartado de “La muerte”, el autor dice que el
hombre es un ser que está hecho para morir y permanecer en la nada, pues si
fuera eterno volvería eterna su imperfección. Que la tristeza que el hombre
siente por la muerte es producto de su misma estupidez e imperfección, pues no
ha comprendido que el “polvo” en el que se convierte el hombre después de morir
es un elemento necesario para preservar otras vidas. Schopenhauer asegura que
el hombre ha comprendido que su fin en este mundo es más insignificante de lo
que cree y por eso canaliza su frustración hacia la muerte con la idea de dios
y la vida eterna.
Hay un planteamiento del filósofo de Danzig que me
pareció muy interesante: dice que el hombre al creerse un ser individual temerá
siempre a la muerte, pues está consciente que la muerte corta su
individualidad, pero que si el hombre se supiera un ser no individual y
superpusiera el interés de la especie por encima del individual el hombre no le
temería a la muerte y sabría que lo que perdurará en el tiempo es el hombre
como especie y no como individuo.
Una vez que termina el capítulo de “la muerte”,
Schopenhauer trata diversos temas. Uno de los más interesantes y que transmite
gran parte del schopenhauerianismo
es el capítulo “Los dolores del mundo”, en el cual el autor aborda el pesimismo
filosófico que impulsó él mismo en el siglo XIX.
Schopenhauer
sugiere que el dolor y el sufrimiento es positivo pues hace sentir al ser
humano, lo hace sentir vivo; en cambio, el bien es negativo puesto que suprime
un deseo o un sentir. Dice que en la vida del hombre es necesaria la miseria
para mantenerlo “a flote” y no volverlo insensato y arrogante, cosa que a la
larga lo hastiaría y acabaría con la voluntad de vivir del hombre.
El
filósofo alemán regenera toda obra anterior a él en la que la filosofía giraba
en torno al supuesto de que este mundo es el mejor de todos los posibles;
Schopenhauer sugiere lo contrario: este mundo es el peor de todos los posibles,
de ahí que el ser humano siempre esté sufriendo y deseando a tal grado que
siente la necesidad del sentimiento de deseo y no del objeto del deseo, por eso
nunca deja de sufrir, porque cumple un deseo y eso le genera un hartazgo por el
objeto de deseo que termina por aburrirlo.
Schopenhauer
nos cuenta que en el budismo el mundo fue creado a partir de un accidente
inexplicable y que la maldad del mundo, los errores morales del hombre tienen
una consecuencia material en el mundo, es decir: el error moral hace peor al
mundo físicamente, lo degenera. Hace una crítica al cristianismo, que sugiere
que la miseria del mundo es culpa del hombre y no de dios, y que esta idea
planteada en el hombre lo estigmatiza y lo hace sufrir aún más, que le impide
crecer; aceptar lo contrario (que dios es culpable de la miseria del mundo) es aceptar
su imperfección, cosa que es contraria a la doctrina cristiana.
La
solución que da Schopenhauer a todo este cóctel de sufrimiento y miseria
existente en el mundo es aún más controversial: resignación y aceptación.
Familiarizarse con la desgracia del mundo y saberla aceptar mediante tres
principios: quietismo, es decir, renunciamiento a todo deseo, ascetismo, es
decir, sacrificar la voluntad egoísta, y misticismo, es decir, conciencia de la
identidad de nuestro ser con un conjunto de las cosas y un principio del
universo.
En
el apartado “La moral”, Schopenhauer escribe que hay sólo tres resortes (así
los llama) que guían cualquier acción del hombre, son: el egoísmo, que busca el
bien propio y no tiene límites; la perversidad, que quiere el mal ajeno y llega
a la crueldad; y la conmiseración, que desea el bien del prójimo y llega hasta
la generosidad.
En
el capítulo “La conmiseración”, Schopenhauer da un principio: sentir el
sufrimiento del otro, de esta forma sentiremos lástima por él y no le haremos daño.
Dice que la envidia sólo levanta un muro entre un hombre y otro, el cual se
hace cada día más grueso; en cambio, la lástima desvanece ese muro, lo vuelve
delgado y genera un acercamiento. Sugiere que la compasión por cada ser vivo de
este mundo no ofenderá ni provocará daños, sino todo lo contrario: volverá
indulgente al que siente compasión por el otro. Dice que la compasión por el
otro ser debe ser natural y no obedecer a ninguna casuística religiosa, pues
eso desnaturaliza la moral.
Luego,
Schopenhauer hace un rápido análisis de del Estado en “La política”, en donde
explica que el Estado es sólo un bozal que mantiene al animal carnicero (así
denomina al hombre) inofensivo. Schopenhauer ve como necesaria la existencia
del Estado, pues dice que el hombre sería un animal salvaje si se cayera en la
ausencia de leyes. Plantea que aunque se juzga a hombres considerados como
malos por la historia, como Bonaparte, pero que no se piensa en que miles de
hombres están dispuestos a hacer cosas más atroces, sólo que están faltos de
ese egoísmo inteligente que personajes como Bonaparte o Hitler, en nuestros
tiempos, tuvieron.
Schopenhauer
menciona que “la única solución al problema político es un despotismo de los
sabios y justos, una aristocracia pura y verdadera, obtenida mediante la
generación por la unión de los hombres
de sentimientos más generosos con las mujeres más inteligentes y agudas”.
Casi
al final de su obra, Schopenhauer trata en “El hombre y la sociedad” diversas
reglas que él considera correctas para tener una vida social armoniosa. Propone
aislarse para no tener que desconfiar de la gente y estar propensos a las
conductas egoístas de otros hombres. Sugiere no ser descortés y ser cortés,
pues la cortesía, dice, es una moneda de juego que podemos usar a nuestro
favor.
Schopenhauer
compara al hombre con un perro: “¡Cómo si los hombres otorgasen su amistad con
arreglo a la valía y al mérito! ¡Cómo si, por el contrario, no fueran
semejantes a los perros, que aman a quien acaricia o solamente les echa huesos
que roer, sin más halago! Quien mejor sabe acariciar a los hombres (aun cuando
sean asquerosas alimañas), ese tiene muchos amigos. Recomienda el orgullo sobre
la vanidad, pues menciona que la vanidad hace parlanchín y el orgullo
silencioso; que la vanidad se preocupa de mostrar una superioridad inexistente
y banal, y que el orgullo es el conocimiento que sólo uno mismo tiene de su
superioridad sobre el resto de la sociedad.
Hace
una crítica a distintos pueblos, entre ellos los judíos diciendo que son el
pueblo elegido de dios pero no de él; que dios eligió a los judíos y los judíos
a dios, y termina con: “Váyase lo uno por lo otro.” Termina por avergonzarse de
ser parte del pueblo alemán por ser este la cuna del protestantismo, que
Schopenhauer ve como la degeneración del cristianismo que volvió la doctrina
“optimismo vacío”.
Schopenhauer
desprecia al hombre al grado de poner por encima de éste a los animales.
Menciona que en el hombre ve defectos físicos y fealdad, moral de bajas
pasiones, traición, perversidades, etcétera. Menciona esto como la razón de
aislarse en la naturaleza y no tener contacto con aquello que tanto desprecia.
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